O.L.M Visitar Lisboa es como visitar el pasado. Tranvías, calles empedradas, castillos y catedrales en mitad de la ciudad y el Tajo de fondo, en un inmenso estuario que te confunde y te hace pensar que estás ante el Atlántico cuando realmente lo que contemplas no es más que agua dulce, el mismo agua que fluye por el sur de la comunidad de Madrid.
Y con el Tajo de conexión, las similitudes entre dos culturas tan próximas se hacen patentes. Somos como un espejo donde nos reflejamos, parecidos y casi hermanos, con una historia en ocasiones común y en otras demasiado alejada para formar parte de la misma identidad cultural.
Pero, caminando por sus calles, conociendo a sus gentes, visitando sus tesoros culturales, descubres una ciudad increíblemente parecida a otras tantas españolas pero a la vez completamente diferente.
De Lisboa no te puedes ir sin ver el mirador de Santa Justa y deleitarte con una vista excepcional de la capital portuguesa, con sus callejuelas empinadas hasta el extremo, sus funiculares atravesándolas y con el Tajo de telón de fondo, silencioso y tranquilo.
Tampoco se puede dejar la ciudad sin haber subido al barrido del castillo de San Jorge o sin haber paseado por la Alfama, Baixa y el Barrio Alto, perdiéndote por sus calles, entrado en tiendas donde te lo llevarías todo si pudieras, pequeñas joyas escondidas que solo los viajeros gustosos de caminar podrán encontrar.
Ya dejando el Tajo atrás como referencia hay que visitar, creo que de manera obligada por lo excepcional de su arquitectura y la belleza del paisaje, la torre de Belem, subir y bajar por sus empinadas escaleras, mirar a un lado y a otro y dejarse seducir por el olor a mar y salitre del entorno.
El Monasterio de los Jerónimos tampoco puede dejar de verse. Impresiona la Iglesia y sobre todo el claustro, fresco y acogedor al mismo tiempo, un espacio que invita a la reflexión y a la contemplación de la naturaleza, donde dejar pasar los segundos, los minutos e incluso las horas sin hacer otra cosa más que mirar la belleza de los bajo relieves, o la cadencia rítmica del agua cayendo desde la fuente.
Otros lugares para perderse y soñar
Sin duda Sintra merece la pena. No sólo por el enclave en el que se encuentra, una sierra simplemente deliciosa, donde los contrastes del verde con la infinitud de flores silvestres ganan terreno al mar y al cielo azul. El Palacio da Pena es un sueño hecho realidad. Fantasía, romanticismo y colorido (aunque el paso del tiempo no perdona), es un lugar desde el que ver el paisaje que nos rodea y donde perderse en su interior para ver como vivían no hace demasiado los afortunados reyes, reinas y princesas.
Porque es un palacio de cuento de hadas totalmente, otro lugar más donde soñar en una Portugal que se me ha revelado, en mi primer y espero que no único viaje, como país especial, donde lo conocido y los desconocido se entremezclan para dar un resultado maravilloso.
Y es que hay veces que lo que tenemos más cerca es más bonito de lo que creemos.
Y con el Tajo de conexión, las similitudes entre dos culturas tan próximas se hacen patentes. Somos como un espejo donde nos reflejamos, parecidos y casi hermanos, con una historia en ocasiones común y en otras demasiado alejada para formar parte de la misma identidad cultural.
Pero, caminando por sus calles, conociendo a sus gentes, visitando sus tesoros culturales, descubres una ciudad increíblemente parecida a otras tantas españolas pero a la vez completamente diferente.
De Lisboa no te puedes ir sin ver el mirador de Santa Justa y deleitarte con una vista excepcional de la capital portuguesa, con sus callejuelas empinadas hasta el extremo, sus funiculares atravesándolas y con el Tajo de telón de fondo, silencioso y tranquilo.
Tampoco se puede dejar la ciudad sin haber subido al barrido del castillo de San Jorge o sin haber paseado por la Alfama, Baixa y el Barrio Alto, perdiéndote por sus calles, entrado en tiendas donde te lo llevarías todo si pudieras, pequeñas joyas escondidas que solo los viajeros gustosos de caminar podrán encontrar.
Ya dejando el Tajo atrás como referencia hay que visitar, creo que de manera obligada por lo excepcional de su arquitectura y la belleza del paisaje, la torre de Belem, subir y bajar por sus empinadas escaleras, mirar a un lado y a otro y dejarse seducir por el olor a mar y salitre del entorno.
El Monasterio de los Jerónimos tampoco puede dejar de verse. Impresiona la Iglesia y sobre todo el claustro, fresco y acogedor al mismo tiempo, un espacio que invita a la reflexión y a la contemplación de la naturaleza, donde dejar pasar los segundos, los minutos e incluso las horas sin hacer otra cosa más que mirar la belleza de los bajo relieves, o la cadencia rítmica del agua cayendo desde la fuente.
Otros lugares para perderse y soñar
Sin duda Sintra merece la pena. No sólo por el enclave en el que se encuentra, una sierra simplemente deliciosa, donde los contrastes del verde con la infinitud de flores silvestres ganan terreno al mar y al cielo azul. El Palacio da Pena es un sueño hecho realidad. Fantasía, romanticismo y colorido (aunque el paso del tiempo no perdona), es un lugar desde el que ver el paisaje que nos rodea y donde perderse en su interior para ver como vivían no hace demasiado los afortunados reyes, reinas y princesas.
Porque es un palacio de cuento de hadas totalmente, otro lugar más donde soñar en una Portugal que se me ha revelado, en mi primer y espero que no único viaje, como país especial, donde lo conocido y los desconocido se entremezclan para dar un resultado maravilloso.
Y es que hay veces que lo que tenemos más cerca es más bonito de lo que creemos.

1 comentarios:
Tienes toda la razón O.L.M.!Lisboa es una vuelta al pasado que te recuerda que se puede vivir aún entre tranvías y no entre atascos. Directores del mundo!!!, el castillo de San Jorge como escenario medieval!!!
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