El niño con el pijama de rayas

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I.H.M. El despacho de Padre permanece bajo la norma de Prohibido Entrar Bajo Ningún Concepto y Sin Excepciones, Madre le obliga a seguir unos principios básicos de educación, y Gretel, su hermana, es “tonta de remate”, pero Bruno, un niño alemán de nueve años, disfruta explorando los recovecos de su casa de cinco plantas y tirándose por la barandilla. Además, todos los días juega con sus tres amigos para toda la vida, y, en navidades, su abuela prepara una obra de teatro que representan en casa para toda la familia. Bruno, en Berlín, es feliz. Por eso, cuando el Furias decide trasladar a Padre a Auchviz junto a toda la familia, la vida de Bruno parece desmoronarse. Porque, desde el ventanuco de su cuarto, en una casa de tan solo tres plantas, no se ven otras casas como la suya, sino sólo una enorme cerca, y, detrás de ella, cientos de personas vestidas con pijama a rayas.


Conocer la realidad nazi a través de los ojos de un niño de nueve años es una perspectiva dura en cuanto a lo que pérdida de inocencia se refiere, pero también es una visión sencilla, pues se trata de una búsqueda de respuestas que no se encuentran, y, por tanto, no tienen porqué darse. Bruno, el protagonista, vive su propia realidad, un sinsentido para nosotros que conocemos las dos partes, pero para él es la única, aún en comparación con la de Shmuel, el niño del pijama de rayas del título, que se ha visto obligado a crecer, y que, quizás vive sus contactos con el protagonista como un regreso a la infancia en la que aún debería encontrarse pero que ya le han arrebatado.


Pero todas estas ideas son conclusiones propias, porque, en realidad, el libro no expone nada, solo narra. Quizás en eso reside su encanto. Aunque, eso sí, podría haber sido menos tópico.

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